Buscar constantemente una pareja y en el momento de decisión romper con ella implica un miedo al compromiso. Quienes así viven, en muchas ocasiones se sienten inseguros de si mismos y no soportan ver la seguridad en otros, por lo que inconscientemente crean disonancias cognitivas como convenciéndose de que esa persona no es tan maravillosa como se muestra ante los demás.


Estas personas cuando ya se ven dentro de la relación empiezan a sentir miedo y se crean situaciones de confusión en sí mismo y en el otro. Es aquí cuando se produce la disonancia cognitiva que mencionaba anteriormente, la mente empieza a crear pensamientos de alerta porque no soporta las propias incongruencias (no es la persona que busco, no va a poder ofrecerme lo que quiero, no voy a cumplir sus expectativas, en verdad no quiero tener una pareja estable, aún me quedan muchas cosas que experimentar y que no podría hacer si estoy en pareja, etc.).

La envidia es un sentimiento negativo que también se compone de otros estados emocionales como el rencor, la avaricia, el odio, la frustración...

La envidia puede tener muchos orígenes, pero lo más destacado de este sentimiento negativo hacia los demás es la misma persona y su forma de ver las cosas en su vida. Generalmente, esta emoción surge debido a que se padecen frustraciones personales, baja autoestima, o a la dificultad de poder conseguir objetivos que se han planteado en la vida. Cuando a otras personas del entorno tienen una mejor condición de vida y esta situación no es aceptada, es allí cuando surge este sentimiento. La inseguridad es otro de los factores que hace que se genere este estado de resentimiento.

El anhelar lo que los demás poseen o tener una vida similar a la de otros es una clara muestra de que la persona es insegura y egoísta. Este profundo sentimiento negativo generalmente lo podemos observar en nuestro grupo familiar o amigos, vemos a personas que nos rodean que no son capaces de disfrutar de los buenos momentos en la vida de otros.

 

Cuando un sentimiento poderoso nos invade ocupa casi todo el espacio de nuestra mente y consume buena parte de nuestro tiempo. Si ese sentimiento es indeseable, sólo hay una forma rápida de eliminarlo, de sacarlo de nuestra mente: otra emoción, otro sentimiento más fuerte, incompatible con el que queremos desterrar. Basta darnos cuenta de cómo cambia instantáneamente nuestro mal humor y agresividad hacia esa persona que se nos cruza y nos hace caer al suelo cuando descubrimos que es un ciego. Llegamos incluso a sentirnos avergonzados de nuestro enfado precedente. Pero lo que cambia al saber lo que pasaba no es el susto que ese invidente nos había dado, sino nuestro modo de considerarlo.


El razonamiento — ¡tranquila, no pasó nada!— no tiene la capacidad de cambiar casi instantáneamente el modo en que vemos las cosas sino una emoción mayor, en este caso la compasión por la discapacidad del otro, no fue intencional.


Con el paso del tiempo hasta los sentimientos más fuertes se desvanecen, pero a corto y medio plazo en la mayoría de las ocasiones de la vida sólo las propias emociones tienen capacidad para superarse a sí mismas. Frente a una emoción fuertemente negativa provocada por una injusticia una emoción de justicia sí la supera. Una emoción de tristeza provocada por el abuso psicológico puede ser cambiada por una fuerte emoción de enojo, pero es más fuerte aún una emoción de autoestima que nos muestra que somos más fuertes que eso.


Porque te siente mucho más fuerte que esa persona y pretende que le tangas miedo. NO LA VUELVAS A AYUDAR.

Nunca intentes controlar a un controlador
Sé asertivo y dile claramente lo que piensas, pero ni te hagas la víctima ni le digas lo que tiene que hacer.

La persona controladora suele tomarse incluso los pequeños asuntos como una lucha de poder. Por lo que también es recomendable que no te desgastes por cosas sin importancia. Por ejemplo, si le da por discutir por haberte olvidado de ponerle el tapón a la pasta de dientes, ponlo y se acabó el problema.

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