Cuando un sentimiento poderoso nos invade ocupa casi todo el espacio de nuestra mente y consume buena parte de nuestro tiempo. Si ese sentimiento es indeseable, sólo hay una forma rápida de eliminarlo, de sacarlo de nuestra mente: otra emoción, otro sentimiento más fuerte, incompatible con el que queremos desterrar. Basta darnos cuenta de cómo cambia instantáneamente nuestro mal humor y agresividad hacia esa persona que se nos cruza y nos hace caer al suelo cuando descubrimos que es un ciego. Llegamos incluso a sentirnos avergonzados de nuestro enfado precedente. Pero lo que cambia al saber lo que pasaba no es el susto que ese invidente nos había dado, sino nuestro modo de considerarlo.


El razonamiento — ¡tranquila, no pasó nada!— no tiene la capacidad de cambiar casi instantáneamente el modo en que vemos las cosas sino una emoción mayor, en este caso la compasión por la discapacidad del otro, no fue intencional.


Con el paso del tiempo hasta los sentimientos más fuertes se desvanecen, pero a corto y medio plazo en la mayoría de las ocasiones de la vida sólo las propias emociones tienen capacidad para superarse a sí mismas. Frente a una emoción fuertemente negativa provocada por una injusticia una emoción de justicia sí la supera. Una emoción de tristeza provocada por el abuso psicológico puede ser cambiada por una fuerte emoción de enojo, pero es más fuerte aún una emoción de autoestima que nos muestra que somos más fuertes que eso.

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