La ausencia de sensibilidad ante el dolor ajeno y su incapacidad para comprender los sentimientos de los demás son síntomas de un niño emperador.

El niño ha adquirido el estatus social de rey de la casa y, como los padres trabajan todo el día, les conceden todos los caprichos, no quieren tener conflictos cuando llegan por la noche y algunos abandonan su responsabilidad educativa.

Para contrarrestar estas circunstancias, se aconseja a los padres fijar unos límites y actuar con autoridad: con firmeza y benevolencia. Los padres necesitan aprender a decir que no, poner límites, establecer normas y educar en la empatía o en la capacidad de comprender los sentimientos ajenos como antídoto de la tiranía. También han de establecer adecuadamente la recompensa que dan a los pequeños de manera proporcional al esfuerzo que los niños realizan: nunca sobornar. Por el contrario habrá que ir delegando responsabilidades desde muy pequeños, proponerles objetivos y metas en la vida y enseñarles a sobreponerse ante las dificultades.

Sobre los malos tratos de estos niños a sus madres está en relación a la total rendición de ellas a sus caprichos, por tanto las desprecian considerándolas sus súbditas.