Gritar aleja: Cada vez que le gritamos a alguien, ponemos una piedra de un muro que nos separa.

Perdemos autoridad positiva, perdemos respeto, perdemos comunicación, ganamos distancia, ganamos frialdad en las relaciones, ganamos más gritos y ganamos malestar emocional.

Querer imponer a gritos denuncia la falta de razones.

Se necesita más fuerza para controlarse y no gritar, que perder toda compostura y romper el diálogo.

Si no puedes dialogar, sólo toma distancia física y emocional.