Si no hubiera sido por la envidia, esta ranita aún estaría croando alegremente en su charca.

Cierto amanecer, una rana se asomó, curiosa, a la orilla del pantano donde vivía. Iba saltando muy alegre por el verde prado cubierto de rocío, cuando vio a un buey ue estaba rumiando plácidamente. Era tan enorme, tan voluminoso que la ranita se sintió avergonzada de su pequeñez.

Acometida por la envidia, se propuso llegar a ser tan grande como aquel buey.Y a fin de que no faltaran testigos de la hazaña, llamó a sus compañeras.

Entonces, para conseguir su propósito, comenzó a tragar aire, con lo cual se iba hinchando poco a poco.

-¿Parezco ya un buey? - preguntaba de cuando en cuando.

-Todavía no - respondían las otras ranitas, que estaban a su alrededor presenciando tan singular escena.

Y la rana seguía tragando más y más aire.

Así llegó un momento en el que la piel - pese a su elasticidad - no podía ceder más, pues estaba tan tiesa como la de un tambor.

-¿Soy ya como un buey? -preguntaba de nuevo.

-No, todavía no -repetían las compañeras, que se estaban divirtiendo mucho.

La envidiosa rana hizo un supremo esfuerzo y ...¡paf!, estalló como si fuera un globo.

-Ha terminado el espectáculo -comentaron tranquilamente las ranitas mientras se dispersaban.