He aquí la historia de un pobre corderito, cuya única falta fue estar cerca de un malvado.

En cierto caluroso día, un lobo, que era cazador furtivo, salió hambriento y cansado del bosque. Para engañar el hambre, se dirigió hacia un arroyuelo que serpenteaba murmurador por entre las piedras de la colina.

Llegado a su orilla, cuando se inclinaba para beber, divisó a lo lejos, más abajo del mismo arroyo, a un corderito que se había perdido de su rebaño y estaba también bebiendo completamente solito.

-¡Eh, enredador! - le gritó ceñudo el lobo desde lo alto-. ¿Por qué me estás enturbiando el agua?
-Yo - baló temblando de miedo el pobre animal- no puedo enturbiarte el agua, porque ésta que estoy bebiendo ya ha pasado por donde tú estás.
-Sí, ¿eh? Pues ahora, al verte, recuerdo muy bien -replicó agresivamente el lobo- que hace seis meses murmuraste de mí...
-¡Hace seis meses... yo... no había nacido! -interrumpió el asombrado corderillo.
-¡Entonces sería tu padre! -prorrumpió el lobo. Y en dos saltos se puso al lado del pequeñuelo, lo agarró fuertemente por el cuello y lo guardó medio muerto en su morral.