El milano justiciero

El milano almorzó aquel buen día con un par
de traidores pasados por el aire.

Un ratón que iba peregrinando del país en
país, encontró cortado su camino por un ancho
y profundo foso lleno de agua y sin ningún
puente.

-¿Cómo podré atravesarlo? -pensó.

Una curiosa ranita, vecina de aquellos
contornos, viéndole pensativo le dijo:
-Deseas cruzar el agua, ¿verdad? Pues has de
saber que yo soy una gran nadadora y estoy
dispuesta a ayudarte con mucho gusto.
Sin embargo, mientras le estaba diciendo
esto, pensaba: Si es lo suficientemente tonto
para fiarse de mí, le hundiré en el foso y me
lo comeré.

-¿Cómo podrás hacerlo? -le preguntó el ratón.

-¡Muy fácilmente! -contestó la rana-. Tú
montas sobre mí y ataremos con una cuerdecita
una pata tuya a otra mía. De esta manera,
aunque te caigas al agua, no podrás ahogarte.

El ratón pensaba a su vez: ¡Estupendo! Así,
cuando lleguemos a la otra orilla tiraré de
la cuerda antes de desatarnos, la arrastraré
a tierra y me la comeré.

Puestos de acuerdo y obrando aparentemente
como buenos camaradas, aunque con la secreta
intención de traicionarse mutuamente, se
pusieron a buscar el bramante que
necesitaban. Después se ataron juntos; el
ratón saltó sobre la rana y ésta empezó a
nadar.

En esa forma llegaron al centro del canal.
Entonces, la rana, sin decir palabra, se
sumergió. El ratón, viéndose en peligro,
comenzó a chillar, tirando de la cuerda.
Aquella, como estaba sujeta, no podía seguir
hundiéndose, y a éste le era imposible seguir
avanzando.

En aquel momento, un milano que iba volando
en busca de caza observó sobre el agua aquel
extraño movimiento; descendió como una flecha,
agarró al ratón y con él, unida por la
cuerdecilla, arrastró también por el aire a
la rana.

Uno y otra pagaron así su mala fe.