- ¡Miguel –gritó Amanda furiosa - no me dejes las fotografías sobre la mesa del comedor!

- ¡No me las toques! – contestó molesto Miguel, tomando su café mientras revisaba el correo electrónico - ¡Las recojo después, no quiero que me las revuelvas!

Amanda azotó la puerta de la cocina y se sirvió el desayuno que había preparado Miguel.

- No me gustan los hongos – murmuró para sí - Miguel nunca toma en cuenta mis gustos. Yo, como una tonta, me mato ordenando la casa, haciendo la comida y él no puede ser amable conmigo. A mí me gustaría que fuera más dulce, el muy necio no se da cuenta de todo lo que hago por él.

Miguel entró en la cocina en ese momento.

- Te repito, no me toques esas fotografías, ¡estoy harto de que quieras gobernar mi vida! ¡No soy tu hijo, y no tolero que me trates como a un adolescente!
- ¡Si lo fueras, yo te habría educado mejor! - gritó Amanda descargando su frustración en su marido.
- ¡No me esperes a comer!

Miguel salió dando un portazo. Manejaba con agresividad, furioso con todo el que se le adelantaba. De repente, en la calle que cruzaba, vio venir a un ciclista. “Si no acelero lo mato” pensó. El ciclista golpeó con la parte de atrás, Miguel perdió el control del auto...

No entendía bien lo que decían los médicos, todo le dolía y se sentía aturdido, volvió a perder el conocimiento.

Empezó a despertar y se sentía como borracho. Intentó abrir los ojos y se le cerraban, le pareció ver a una monja vestida de blanco. “Parece que se está despertando” decía una voz. Trató de moverse y sintió un dolor muy fuerte.
- ¡Mi pierna!
_¿Cómo dice?
- ¡Me duele mucho! – se volvió a mover - ¡Chin!
-Trate de no moverse, ha sufrido varias fracturas – dijo la monja.
Empezaba a darse cuenta de lo que había pasado. Abrió los ojos, recorrió con la mirada el cuarto de hospital en que se hallaba, vio que tenía enyesados un brazo y una pierna y que en el otro brazo tenía puesto un suero. Recordó el accidente y pensó en Amanda.
-Avísele a mi esposa, el tele...
-No se apure, ya le hemos avisado. Estuvo aquí hablando con los doctores.
-¿Está con ellos? – Miguel no podía entender que no estuviera ahí.
- No. Me dijo que después volvería. Ahora no se agite y procure descansar.


Tres horas más tarde la monja salió de la habitación sin hacer ruido. Miguel lo notó, pero no dijo nada. Reflexionaba sobre lo ocurrido. “No debo dejarme llevar por la ira, siempre que me enojo me desquito con el acelerador. Amanda me saca de quicio, me entran ganas de destrozar algo intangible, algo que nos está llenando de tensiones, amargura, gritos... ¡Cuantas horas de inactividad y Amanda que no viene!”

¡Siempre tiene que arreglar algo! ¿Por qué no viene? ¡Carajo! Sí, es muy organizada, me gusta como lleva la casa. En realidad no tuve nunca una casa que considerara mía. Cuando mi padre se fue de la casa, a mi madre no le importó que me fuera con él... en realidad tampoco le importó a mi padre, le estorbaba. Ahora tengo 45 años, he formado la familia que quería, mis dos hijos estudian en el extranjero, me gusta mi trabajo...

¡No viene Amanda! ¡Me irrita! ¡Tanto orden, tanto orden me agobia! Sólo espero que no haya tocado las fotografías, me pasé toda la noche clasificándolas, organizándolas y ahí están las pruebas. No son ideas mías, se está preparando un fraude en el museo. No sé como voy a poder probarlo y presiento que me van a achacar a mí este asunto.

Las seis de la tarde y Amanda no viene. Todo el día aquí tirado, engarrotado con tanto yeso. Como echo de menos a mis hijos. Bueno, ya tomaron su camino. Siempre quise que tuvieran el hogar que me faltó. Por ellos me he partido el lomo... También por Amanda... ¡Y no llega, carajo! ¡Chin, no me debo mover, me duele!

-Enfermera - llamó irritado – ¡Señorita, por favor!

- ¿Me llamaba don Miguel? – dijo la enfermera entrando apresurada.
- ¿Ha llamado mi mujer?
- No, señor, no ha llamado nadie.
- ¿A qué hora vendrá el doctor?
- No tarda, siempre pasa antes de las ocho.
- Me está doliendo mucho la pierna.
- El analgésico le toca en media hora, no puedo adelantárselo.
- ¡Señorita, me duele mucho! ¡Háblele al doctor!
- No se irrite, don Miguel – contestó la enfermera con calma - voy a tratar de localizarlo.

Media hora después regresa con el medicamento.
- No lo tengo que inyectar, solo lo añado aquí en el suero, en unos minutos más se le va a pasar el dolor.

Cuando llegó el médico, Miguel estaba delirando por la fiebre. En medio de su confusión oyó que el médico preguntaba por Amanda... que si él firmaba la autorización de la intervención... no supo lo que firmó...

Cuando volvió en sí el dolor había desaparecido, se movió con cuidado. Ya no dolía, se sentía muy débil. Oyó voces afuera de su cuarto. Prestó atención.

- Hija ¿dónde has estado?
“Es mi suegra” pensó Miguel.
– Estuve arreglando unos papeles de Miguel, muy importantes – contestó Amanda tratando de eludir el tema.
“¿Cuáles?” pensó Miguel.
- No, hija, que te conozco ¿Por qué nunca estás cuando Miguel te necesita?
- Eso no es cierto – dijo Amanda – yo estaba ocupada con sus cosas.
- No mientas.
- No lo hago.
- ¿No te das cuenta de lo que haces? ¡Vas a destrozar tu matrimonio!
- Te equivocas – contestó entre dientes llena de furia – Él tiene que sentir que me necesita con desesperación.
- Eso, hija, no es amor, es posesión.
- Lo amo.
- No lo parece... a veces pienso que lo que quieres no es un esposo, sino un esclavo.
- Ahora que está débil, se dará cuenta de cuanto me necesita.

Oyó que abrían la puerta

-¿Miguel? – Amanda hablaba con voz dulce - ¿cómo te sientes?
- ¿En donde has estado? – contestó Miguel frunciendo el seño.
- Arreglando todo, no te preocupes. Tuve que ver a los del seguro, buscar un abogado... sino a esta hora estarías detenido.
- De todo eso se encarga el seguro
- ¡Ay, Miguel! Ya sabemos que si uno no está pendiente de todo nadie hace nada.

Amanda le acarició un brazo y Miguel rechazó el gesto
-¿Te duele?
- No – fue la respuesta en tono seco.
- No te enojes, ya estoy aquí. Te vas recuperar pronto, me lo ha dicho el médico.
- Eso no me preocupa, yo estoy muy bien. Puedes ir a dormir a casa.
Amanda frunció la boca y sin decir una sola palabra salió dando un portazo.

Al día siguiente, al llegar al hospital, Amanda se dirigió a la central de enfermeras antes de ir al cuarto de Miguel.

-Buenos días señorita. ¿Cómo pasó la noche mi esposo?
- Ha estado muy adolorido.
- Esta es la mía – murmuró para sí y se dirigió al cuarto con una sonrisa.

- ¿Cómo estás Miguel? – dijo abriendo la puerta poniendo cara de preocupación.
- Bien – contestó Miguel con un gruñido.
- No podemos seguir así Miguel. Yo estoy desesperada, nunca me haces caso. Todo el tiempo te la pasas trabajando y no piensas que yo necesito que salgamos, que seas más cariñoso, que te des cuenta de todo lo que yo hago y tal parece que nada de ello sirve. ¡Todos mis esfuerzos no sirven para nada! Hay momentos en que quisiera mandar todo a volar y dedicarme a hacer solo lo que me gusta, como tú haces. La vida para mí no tiene sentido. Te lo he dicho mil veces y tú no cambias.

Miguel no contestó. Estaba cada vez más enojado y la miraba.

-¡Ay! – gritó Miguel – No soporto el dolor – se quejaba y resoplaba, gemía. Aun sabiendo que estaba exagerando empezó a sentirse mareado, débil. Se quejó más y más fuerte.

Amanda furiosa, azotó la puerta y se fue a su casa.

Miguel dejó de quejarse, pensaba que Amanda llamaría a la enfermera. Esperó, nada, no venía nadie. “Esto me dejó desecho, el dolor aumentó realmente, me sentía cada vez peor ¿sentirá eso mismo ella cuando me llena de angustia?

Dos horas más tarde llegó Evangelina, su suegra, alteradísima.
-¿Qué le dijiste a Amanda? Está destrozada, no cesa de llorar, tu casa es un caos, fotografías rotas por todas partes. Si la estás engañando te voy a hacer añicos. Olvídate de tu empleo. Azotó la puerta y se fue.

Miguel se quedó helado. No podía pensar. No durmió en toda la noche. Dos días más tarde regresó la suegra.

-¿Cómo sigues Miguel? –preguntó muy tensa.
-¡Qué importa eso! – dijo cortante.
- No te pongas así Miguel. Estuve hablando con Amanda, está dispuesta a perdonarte. Pero la relación entre ustedes va a tener unas normas.

Miguel estaba sin aire. Todavía un poco aturdido contestó con voz ronca:
- ¡Ni un solo grito más! El desayuno en la cama. Salidas con las amigas cada vez que quiera. Regalos y consentimientos.
- No ironices, Miguel, – contestó Evangelina - ella es razonable. Sólo quiere que le hagas caso, que la saques más seguido, que seas cariñoso con ella, que la atiendas. - Evangelina pensaba que al fin de cuentas Miguel siempre había sido muy familiar, “será razonable”.
- No me entienda mal, suegra. – contestó Miguel. Respiró varias veces, antes de continuar.
- Eso es lo que yo exijo para mí, si Amanda quiere seguir conmigo. – Soltó una carcajada y se rió como no lo había hecho en muchos años.