Con mucha frecuencia las personas que se sienten inseguras en sus convicciones sienten que no pueden dejar que los demás hablen tranquilamente del tema que les inquieta pues se sienten amenazadas, cuanto más débiles se sienten, se oponen con mayor agresividad a cualquier cosa que los demás digan. Aprender a escuchar a las otras personas, por más que no estemos de acuerdo con lo que ellos dicen, es una muestra de fortaleza interior, es producto de la confianza que uno tiene tanto en el propio conocimiento del tema o situación sobre la que se trata de entablar una conversación.
 
 La persona insegura piensa que con gritar o no dejar hablar al otro lo dejará convencido de su autoridad, sin embargo ocurre todo lo contrario.  La persona intolerante tiene, por lo general, muchas lagunas de información o un sólo objetivo imponerse, anular a la otra persona.
 
 Aquel que es buen oyente se destaca sobre lo demás. Es que, además de escuchar y dejar hablar a los otros, demuestra que tiene apertura mental, confianza en sí mismo. Sabe tolerar las críticas y las voces disidentes. Por eso mismo, cuando le toca dar su opinión, lo hace sin ser agresivo y exponiendo claramente sus ideas. Esa es la razón por la que sus palabras son escuchadas con atención. Quien sabe hablar también sabe escuchar y viceversa. Todo parte del respeto, el entendimiento y la serenidad mental.

 Saber escuchar y dejar hablar a los demás correctamente es un claro síntoma de madurez mental, intelectual y afectiva. Sólo aquel que está preparado para ello sabe aceptar a los demás, incluso sus prejuicios, exageraciones y otras cosas que mucha gente no toleraría. 

 Por esto mismo es fundamental el hecho de aprender a escuchar en el proceso de desarrollar poder personal. Cuando lo hayamos logrado, será una señal de que vamos por buen camino en nuestro proyecto de alcanzar fortaleza personal, dicho de otra manera estamos "empoderando nuestra propia personalidad".

Chuang Tzú fue uno de los filósofos chinos más importantes de la historia, vivió alrededor del 300 antes de Cristo y fue, junto con Lao Tsé (su maestro), uno de los dos pensadores más emblemáticos del taoísmo.

Propone el maestro Chuang Tzú: Imagínate que viajas en un bote, avanzando tranquilamente por un río sereno, dejándote llevar sin prisa camino de un lago. De pronto ves que otro bote, aparentemente arrastrado por la suave corriente, se acerca al tuyo. Intentas alejarte de él para evitar el choque pero no lo consigues, y el bote , que se ha soltado de alguna amarra, golpea el frente de tu barca y hace unos buenos rasponazos en la brillante pintura de estribor.
Vuelves a mirar, no hay nadie en ese bote. Tratas de sujetarlo para que no siga a la deriva. No te gusta el incidente, quizás lo lamentas, pero no te enojas.
Dice Chuang Tzú: ¿Por qué y con quién habrías de enojarte?

Ahora supón que, en la misma situación, ese otro bote lleva a un pasajero. Está distraído, dormido o despistado, y su embarcación se acerca a la tuya, arrastrada por la corriente. En cuanto lo ves venir en tu dirección, te pones alerta, posiblemente gritas “¡Cuidado!” o algo por el estilo.
Supongamos que el hombre no hace nada y que el bote se sigue acercando. Cuando está a punto de chocar con el tuyo, te pones furioso y gritas: “Eh! mira por donde vas! Que vamos a chocar!” Una vez más, el hombre no reacciona y, en efecto, su bote choca con el tuyo. El golpe y el daño es idéntico que en el primer ejemplo, sin embargo, aquí sí que te enfadas, quizás hasta le insultes: “¿Es usted idiota? ¡Se me ha echado encima!. De pronto el suceso se vuelve enojoso y frustrante.

Chuang Tzú se pregunta: ¿De dónde viene el malestar? No ha sido causado por el daño al bote, ya que el primer ejemplo hubo los mismos daños y no hubo enfado. Tu enojo, propone Chuang Tzú, proviene del hecho de que hay alguien en ese otro bote. No puedes ya pensar “simplemente sucedió” y aceptarlo sin más. Como hay alguien en el otro bote, te llenas de preguntas: ¿Por qué no lo evitó?, ¿Acaso lo ha hecho adrede? ¿Es que tiene algo contra mí? ¿Debo tener miedo de ese hombre? …. Una espiral de preguntas que a veces crece y crece, generando cada vez más angustia, más enfado, más inquietud, más catastróficas profecías, haciéndote perder tu calma y paz interior.
Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti.
Friedrich Nietzsche (1844-1900) Filosofo alemán.

El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera.
Alexander Pope (1688-1744) Poeta inglés.

Con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver.
Proverbio judío

Las mentiras más crueles son dichas en silencio.
Robert Louis Stevenson (1850-1894) Escritor británico.

Una mentira es como una bola de nieve; cuanto más rueda, más grande se vuelve.
Martín Lutero (1483-1546) Reformador alemán.
 
La persona más peligrosa es la mentirosa.
Teresa de Calcuta 
Hace mucho tiempo, un rey coloco una gran roca
obstaculizando un camino.

Entonces se escondió y miro para ver si
alguien quitaba la tremenda roca.

Algunos de los comerciantes más adinerados del rey y cortesanos
vinieron y simplemente le dieron una vuelta. Muchos
culparon al rey ruidosamente de no mantener los
caminos despejados, pero ninguno hizo algo para sacar
la piedra grande del camino.

Entonces un campesino vino, y llevaba una carga de
verduras. Al aproximarse a la roca, el campesino puso
su carga en el piso y trato de mover la roca a un lado
del camino.

Después de empujar y fatigarse mucho, lo
logro. Mientras recogía su carga de vegetales, el noto
una cartera en el piso, justo donde había estado la
roca.

La cartera contenía muchas monedas de oro y una
nota del mismo rey indicando que el oro era para la
persona que removiera la piedra del camino.

El campesino aprendió lo que los otros nunca entendieron.

Cada obstáculo presenta una oportunidad para mejorar
la condición de uno.